En las unciones de ayer, los principales candidatos reiteraron que combatirán la corrupción.

Anaya no buscará venganza sino justicia; Meade será implacable y López Obrador la acabará con terquedad, perseverancia y "necedad" (debieron prevenirle que eso es de ignorantes, obtusos y torpes), lo que hará inclusive "rayando en la locura".

Por antiguo, cultural y tumultuario, el reto no es insuperable pero sí descomunal.

Corrupción e impunidad son el mal endémico nacional que subyace en casi todos los demás problemas de México (incluida la creciente criminalidad) y combatirlo no está en manos de un Presidente, sino en el simple respeto a la legalidad.

Más que luchar como Chespirito contra la corrupción, quien gane, simplemente, no debe estorbar en la tarea propia del Fiscal y los magistrados cuya designación sigue postergando el Senado.

La deshonestidad está tan arraigada en amplias capas de la sociedad como el fervor guadalupano, el futbol, la herencia de plazas y el agandalle en los saqueos a tiendas y trenes o en la actividad huachicolera y narca de pueblos enteros.