La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos ha generado una enorme incertidumbre. Sobran las razones. Se trata de mucho más que la llegada de un empresario excéntrico, racista, misógino, ocurrente e ignorante a la cúpula del poder del país más poderoso del mundo. Se trata de una verdadera revolución conservadora con profundas consecuencias para el mundo y, por supuesto, para nuestro país. Trump encarna un desafío a los valores de la democracia liberal que se sustenta en el libre mercado, el respeto a la diversidad y la tolerancia.

No –y aquí discrepo con muchos analistas–, no hay dos Trumps. Uno, el orador incendiario, el encantador de masas, el demagogo que supo hablarle al oído y le prometió a la América blanca herida por las crecientes desigualdades socioeconómicas, por el desempleo generado por la apertura comercial, agraviado por el creciente peso de las minorías raciales, restaurarle sus niveles de prosperidad y de grandeza; otro, el hombre consciente de sus responsabilidades como estadista, obligado a cuidar y preservar los valores y las instituciones de una de las democracias más antiguas del mundo, la norteamericana; consciente del papel central que tienen los Estados Unidos en la definición de una arquitectura internacional más justa, en la seguridad global, en la preservación del medio ambiente.

No, Trump, es uno, y uno solo. Es el hombre que prometió construir un muro para detener la oleada migratoria proveniente del sur; que amenazó con deportar a los migrantes ilegales, que declaró su desprecio por los mexicanos y otras minorías; que una y otra vez humilló a las mujeres; que piensa echar atrás los tratados comerciales y retornar al viejo proteccionismo.

El miércoles pasado amanecí con una sensación de tristeza y frustración, un sentimiento que compartí con muchos de mis amigos y colegas. No entendíamos qué había pasado. Trump rompió con todas las encuestas, pronósticos y apuestas de las empresas especializadas y los expertos en opinión pública. A quienes nos hemos dedicado desde hace buen tiempo al análisis político y que hemos confiado ciegamente en las metodologías de investigación demoscópica, nos rompió todas las certezas.

Se impuso el “voto oculto”, muchos potenciales votantes en Estados Unidos no se atrevieron a decir que iban a sufragar por Trump, porque consideraban este hecho como “políticamente incorrecto”, como una especie de indecencia.

Pero finalmente lo hicieron. Fue un voto contra el sistema, y Hillary Clinton representaba parte de él como integrante de una de las familias más poderosas de Estados Unidos. Querían un cambio, estaban hartos de una clase política que no les brindaba resultados. Anhelaban el retorno hacia el “american way of life” de los años sesentas y setentas, al esplendor de las clases medias, a un pasado de prosperidad, al país de las oportunidades. Un Estados Unidos que no tiene chance de retornar. Veamos por qué.

Dice Trump que hará regresar a su país a la empresa automotriz Ford, una de las más emblemáticas del orgullo norteamericano, la cual ya no maquilará vehículos en Brasil, México o Argentina. Y aquí empiezan las incongruencias del discurso del magnate-presidente. Un obrero de la industria automotriz en México gana 2.9 dólares por hora; un norteamericano, 26 dólares por hora. Me pregunto qué consumidor del vecino país estaría dispuesto a comprar un vehículo que a partir de las locuras proteccionistas de Trump le costaría ocho o 10 veces más. Estamos frente a un empresario que desconoce las reglas elementales del capitalismo abierto.

Un recorte de la inversión extranjera y del comercio bilateral tendría impactos catastróficos para el empleo en México. A ello se sumaría la “expropiación” de un importante porcentaje de las remesas que envían los paisanos, y que este año alcanzarán una cifra récord de 27 mil millones de dólares, dinero que Trump piensa destinar a la construcción de su muro fronterizo, y que se traduce en vivienda, alimentación, educación y salud para 1.3 millones de hogares en México. Pienso en deportaciones masivas que podrían arrojar a cientos de miles de personas hacia sus comunidades de origen o hacia las ciudades de la frontera norte, ya devastadas por la pobreza y la inseguridad.

Por su parte, el gobierno mexicano tiene que ofrecernos más que conferencias de prensa asegurando que tenemos una “economía fuerte” ante los riesgos derivados del cambio político en los Estados Unidos. Requerimos estrategias de protección social con una visión prospectiva, necesitamos tener la certeza de que el gobierno sabe qué hacer frente al nuevo escenario.
Pero hasta el momento no hay señales. Y, eso, es lo que más me preocupa.

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