Todos los pronósticos conducen a la certidumbre de que lo que emergerá del proceso electoral de 2018, será un México dividido. ¿Qué riesgos implica esto para nuestro incipiente sistema democrático? ¿De qué manera la polarización política se puede transformar en una grave y preocupante polarización social?

Veamos el primero de los temas. La consultora Integralia ha elaborado un estudio denominado “Escenarios electorales y legislativos 2018” donde planteas tres posibilidades:

1. Una victoria abrumadora de AMLO por un margen superior a los ocho o 10 puntos; 2. Una victoria ajustada de AMLO por una ventaja de tres a cinco puntos, y 3. Una derrota estrecha del candidato de Morena por menos de tres puntos porcentuales de la votación.

En caso de que se cumpla el primer escenario, Morena y sus aliados, Partido del Trabajo y Encuentro Social, podrían obtener hasta 262 diputados. Esa mayoría absoluta le permitiría a esta coalición aprobar toda una serie de leyes, pero no les daría margen suficiente para reformar la Constitución para lo cual se requiere de una mayoría calificada, esto es del voto mínimo de 334 diputados y la aprobación de la mayoría de los congresos estatales. Como lo señalan los juristas, el que se solicite una mayoría calificada en un parlamento para llevar a cabo cambios a la Constitución tiene toda una lógica: obligar a las fuerzas políticas a negociar y debatir, a ir más allá de la simple mitad más uno de los votantes, sobre todo cuando se trate de determinadas reformas legales de carácter trascendente.

AMLO y los partidos que lo respaldan tendrán que sentarse a dialogar, tendrán que dejar atrás la soberbia y convencer al resto de las fuerzas políticas. No les será fácil derogar la reforma educativa o la reforma energética -objetivos privilegiados de AMLO- las cuales tienen un anclaje constitucional.

Más aún. En el escenario más positivo, Morena y sus aliados podrían obtener seis de las nueve gubernaturas en juego este 2018 y lograr la mayoría en 10 Congresos locales. El Poder Legislativo, el sistema gubernativo del país, estarán profundamente divididos y es aquí donde surgen las preguntas. Después de las durísimas críticas que han intercambiado los candidatos presidenciales, después de la intensidad que han tenido las campañas negativas, de la gravedad de los ataques, ¿será posible evitar la polarización, restañar la confianza y la cordialidad entre los actores políticos y construir un marco mínimo para gestar acuerdos para la gobernabilidad democrática del país? Si la confrontación persiste después del proceso electoral, ello tendría gravísimas consecuencias para la estabilidad política y para las instituciones.

La democracia implica también un valor actitudinal: en caso de derrota se deben reconocer los resultados provenientes de un sistema democrático y de un marco institucional avalado por todos, evitar la tentación de bloquear al otro, de impedirle gobernar para deslavar su legitimidad y desgastar su bono político; así es la democracia, se gana, se pierde, hay alternancia.

Sin embargo, no siempre se gana todo ni se pierde todo. Una buena campaña aún en caso de derrota, le permite al perdedor contar con espacios para cogobernar con aquél que haya obtenido la victoria; una buena campaña garantiza espacios legislativos, representación en los gobiernos, incluso, acceso al ejercicio del poder de manera directa a través de eventuales gobiernos de coalición. Ojalá prevalezca la razón, un mínimo de cordura.

La otra división que se está gestando es a nivel del tejido social. Los ánimos están al rojo vivo y se ha perdido todo sentido de cordialidad y mesura. Basta con ver el tono de las discusiones en las redes sociales, plagadas de insultos y amenazas entre seguidores de uno y otro bando. Dice Raymundo Riva Palacio que quedó atrás el tiempo donde existía unidad y cohesión social y familiar, el mundo estaba muy lejos de dividirse entre “ellos” y “nosotros”, entre los “puros” y los “infieles”. Un amigo cercano me platica que los enconos de la calle ya se metieron a su casa: la familia está dividida, las discusiones entre los lopezobradoristas y los partidarios de Ricardo Anaya derivan en insultos y alcanzan casi el enfrentamiento a golpes.

La altísima expectativa que existe con respecto a la posibilidad de un triunfo de AMLO, en vista de su ventaja en las encuestas de intención de voto, a lo cual hay que endosarle un discurso triunfalista que lo presenta prácticamente ya como el virtual presidente del país, ha generado una carga de energía colectiva que puede degenerar en frustración y violencia en caso de que el resultado final no sea favorable para el líder de Morena.

Tenemos que ir creando los canales para el reencuentro entre los actores políticos y entre los ciudadanos. Los comicios son sólo una coyuntura, pero la responsabilidad con el país es algo permanente. No dejemos que México se divida y se polarice. A nadie le conviene.