¿Qué pasó el 1º de julio? Apenas nos estamos reponiendo de la marea electoral que llevó a López Obrador a arrasar en la elección presidencial con 53% de los votos totales, 30 puntos porcentuales más que Ricardo Anaya y casi 37 con respecto a José Antonio Meade. Desde el triunfo de Miguel de la Madrid Hurtado en los comicios de 1982, con el 71 por ciento de los votos, ningún candidato había ganado la Presidencia de la República con un porcentaje de votos y una diferencia tan amplia.

Morena y sus aliados tendrán una presencia abrumadora en el Congreso. Además, la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados podría fácilmente convertirse en mayoría calificada si logran atraer a su campo gravitacional a legisladores chapulines del PRD y del PRI, ansiosos de sumarse al polo que les garantiza mayores recursos, espacios de poder y garantías de supervivencia.

Ya con la mayoría absoluta, Morena y sus aliados pueden modificar leyes reglamentarias y aprobar los presupuestos nacionales, pero con la mayoría calificada (dos tercios de los diputados) pueden cambiar la Constitución sin necesidad de consensuar con ninguna otra fuerza. Se argumentará que Morena y sus aliados requerirían de la votación favorable de 17 congresos estatales para hacer cambios a la Carta Magna; pues ya los tienen: ganaron la mayoría en 19 de los 26 congresos locales que estuvieron en juego el pasado domingo. Por otra parte, la mayoría en el Senado de la República les permitiría a estos partidos irse por la libre en la aprobación de tratados internacionales y designar en solitario a los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, al Procurador General de la República y a embajadores y cónsules.

A nivel local el tsunami fue también impresionante: López Obrador logró la mayoría de los votos ciudadanos en 31 de las 32 entidades federativas del país (a excepción de Guanajuato); 5 de las 9 gubernaturas en disputa (Ciudad de México, Chiapas, Morelos, Tabasco y Veracruz) fueron para Morena. Por si fuera poco, este partido ganó un buen número de capitales estatales, entre ellas Hermosillo, Culiacán, Morelia, Zacatecas, Oaxaca, Cancún y Villahermosa. Obtuvo, además, una victoria abrumadora en el Estado de México donde no se libró de la ola expansiva ni siquiera Atlacomulco, sede del poderoso grupo político que ha mantenido históricamente la hegemonía en el PRI y al que pertenece el actual Presidente de la República.

Había preocupación por la posibilidad de que emergieran manifestaciones de desorden y violencia política y que las instituciones se vieran rebasadas. Por fortuna esto no sucedió. Se demostró que México cuenta con sólidos cauces democráticos para procesar el anhelo de cambio de los ciudadanos. Tuvimos una participación de 61% de los electores y el proceso fluyó sin contratiempos gracias al trabajo de 1.5 millones de funcionarios de casilla, ciudadanos de a pie, que montaron las casillas y contaron los votos de manera escrupulosa. El Instituto Nacional Electoral cumplió su responsabilidad con una organización impecable y entregó oportunamente los datos que permitieron establecer con certeza la votación obtenida por cada candidato y cada partido político.

Prevaleció la civilidad, los modos democráticos como los llama Héctor Aguilar Camín, al salir Meade y Anaya oportunamente a reconocer su derrota y cerrar espacios al rumor y la incertidumbre. Por otra parte, López Obrador mostró cordura y madurez política al celebrar su triunfo y llamar a la unidad de todos los mexicanos.

Las encuestas, por su parte, lograron pronosticar con gran precisión la tendencia del voto, con lo que se reivindicaron como herramientas confiables para el estudio de la opinión social.

Me preocupan varios temas. Primero, el enorme poder del nuevo Presidente y la ausencia de contrapesos legislativos, lo que parece remitirnos a los viejos tiempos del partido único y a la figura del hombre fuerte, porque ello encarna la posibilidad de tentaciones autoritarias. En segundo lugar, tengo mis reservas sobre la capacidad real de López Obrador para controlar a un grupo tan heterogéneo como el que lo acompañará en la conformación del Gabinete, y me pregunto cómo le hará para mantener debidamente alineada a su proyecto a la compleja red de liderazgos locales que se montaron a su campaña. Como ya lo hemos señalado, Morena no es un partido político en el sentido clásico de la palabra, es un movimiento acuerpado en torno a la figura de un líder carismático, es un estado de ánimo, no cuenta con mecanismos institucionales para la regulación de su vida interna. En tercer lugar, PAN y PRI han quedado muy desarticulados para constituirse en una oposición firme al nuevo gobierno.

Pero de esto último me ocuparé en mi próxima columna.

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