Lo que sucedió el pasado 1º de julio sigue siendo motivo de polémica y nos seguimos enfrentado a las más diversas hipótesis.

Yo pienso que el triunfo arrasador de López Obrador obedece a una suma de varios factores: sus mensajes fueron directos y llegaron al corazón de los ciudadanos; encontró un decálogo de frases fuerza muy poderosas que supo posicionar en el ánimo de los electores (“vamos a barrer con la corrupción como se barren las escaleras: de arriba para abajo”, etc); entendió el valor de lo local al visitar hasta los municipios más pequeños a diferencia de sus oponentes que se enfocaron en las grandes ciudades; ganó la batalla en las redes sociales no sin cierta dosis de violencia verbal de sus seguidores y los bots; supo armar una coalición política muy amplia con base en un marcado pragmatismo; moderó notablemente su lenguaje para desactivar la campaña del miedo.

A ello se agregaron elementos presentes en la coyuntura política y el imaginario social: un rechazo generalizado a la clase política tradicional (“la mafia del poder”); una moral pública devastada por la violencia y la corrupción; el tamaño del voto de castigo a Peña Nieto y su gobierno.

El 1º de julio marcó el ascenso de un animal político forjado al calor de más de 30 años de incansable activismo. La fascinación del grueso del electorado por López Obrador tuvo un efecto de arrastre, llevando a sus candidatos a ganar casi de manera inercial todo tipo de cargos de elección popular, desde gubernaturas y senadurías, hasta diputaciones y presidencias municipales en todo el país. Bastaba con ponerse la camiseta de Morena para tener prácticamente asegurada la victoria, no había necesidad de hacer campaña, de salir a convencer a los ciudadanos, era suficiente con ostentar la marca para ganar.

Más allá de esta reflexión, lo cierto es que la abrumadora victoria de Morena constituye un hecho histórico en la democracia mexicana y modifica radicalmente las coordenadas de la competencia política.

El eje de gravedad del espectro político mexicano se ha desplazado del centro político hacia la izquierda. Olga Sánchez Cordero, quien será la próxima Secretaria de Gobernación, lo ha expresado con claridad: “El péndulo se fue hacia la derecha durante muchos años, vamos a avanzar hacia una izquierda progresista”. Esto obligará al PAN y al PRI a realizar una reingeniería a fondo de su oferta política, incluso de su doctrina y sus principios, para incorporar una visión más social para que puedan conectar con un electorado que se ha corrido hacia posiciones más críticas hacia el ejercicio del poder y hacia el funcionamiento de la economía de mercado. El nacionalismo revolucionario y el humanismo político ya no sirven para ganar elecciones.

PAN y PRI tendrán que decidir si se quedan en el centro político o si dan un viraje hacia posiciones más liberales a partir de una agenda clara y precisa de combate a la pobreza y la corrupción y de acercamiento con los ciudadanos.

El proceso de recomposición de la oposición será largo y difícil como hoy se puede pulsar a partir de las tensiones políticas que prevalecen en ambos partidos: hay sectores y militantes que piden cabezas y fincar responsabilidades, hay un duro cuestionamiento del desempeño de los grupos dirigentes por el tamaño de la derrota, hay llamados a llevar a cabo una reconstrucción a fondo de las estructuras y prácticas partidistas, se habla incluso de una refundación sobre nuevas bases democráticas del PRI.

Frente al enorme poder con el que arrancará la nueva Administración de López Obrador se requiere, más que nunca, de partidos de oposición fuertes, legítimos, que generen contrapesos no sólo desde el Congreso y desde los gobiernos locales que están bajo su control, un número nada desdeñable, sino también desde la arena pública.

Estamos frente al Presidente más poderoso de la era democrática de México, y debemos evitar que esto se traduzca en una restauración del viejo sistema autoritario, los ciudadanos ejerciendo una estricta fiscalización desde la sociedad civil; pero una gran responsabilidad le compete al PRI y al PAN. Estos partidos deben tomar conciencia de su responsabilidad política y superar su desmoralización y su crisis interna para constituirse en interlocutores válidos del nuevo gobierno.

Esperamos que las nuevas dirigencias que quedarán a cargo de estos partidos hacia los próximos meses, tengan una clara visión sobre cuáles son los mejores caminos para mantener la unidad, evitar rupturas internas y llevar a cabo una reforma integral que les permita reinsertarse a una competencia política cada vez más compleja y desafiante.

México, nuestra democracia, necesita, hoy un PRI y un PAN fuertes, con liderazgo y capacidad para equilibrar cualquier exceso en el ejercicio del poder.

Marco A. Paz Pellat
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