La confianza de los ciudadanos en las instituciones es fundamental para la legitimidad y la gobernabilidad; genera un “bono democrático” que se puede gastar tomando decisiones de política pública, y condiciona todo un conjunto de actitudes cívicas y políticas de parte de los electores. 

Sin confianza, las decisiones de la autoridad se perciben como ilegítimas y abren paso al conflicto. El bajo nivel de confianza en las democracias representativas contemporáneas y en su andamiaje institucional y político, en todas las latitudes y en todas las naciones, nutre la protesta social, explica la caída de la participación electoral y la creciente fascinación por el populismo.

Un estudio reciente de Consulta Mitosfky revela que la confianza en las instituciones mexicanas ha venido cayendo de manera consistente desde 2009, cuando alcanzó una calificación promedio de 7 puntos sobre una escala de 0 a 10. En noviembre de este año fue de 5.9.

A partir de su cercanía o distanciamiento hacia las instituciones, Mitofsky se dio a la tarea de medir el tamaño del sector “antisistema” en México. De acuerdo con esta casa encuestadora, 30% de los mexicanos mayores de 18 años son sensibles al discurso antisistema.

Se trata de ciudadanos que desconfían profundamente de los senadores y diputados, de los partidos políticos, de la Suprema Corte de Justicia, del Instituto Nacional Electoral, y del Presidente de la República (quien por cierto alcanzó en noviembre el más bajo nivel de popularidad de toda su administración: 70% reprueba su gestión).

En México, siguiendo el estudio de Mitosfky, ese 30% de antisistémicos representa un potencial de casi 13 millones de votos, un sector nada desdeñable hacia el que los partidos políticos tendrán que enfocar propuestas imaginativas de política pública y renovados esquemas de comunicación y de imagen de sus candidatos.

El PRI ya lo está intentando a partir del cambio de su dirigencia y una todavía difusa apuesta por estrategias anticorrupción. El PAN se está moviendo por el lado de un discurso que enfatiza sus virtudes morales, con gobernadores entrantes que están enfrascados en airear las cuentas públicas y llevar ante la justicia a sus antecesores (Veracruz, Chihuahua, Quintana Roo). El PRD no tiene claro el camino por el que tendría que avanzar para atraer a este sector fundamental habida cuenta del deslavamiento de su proyecto de “izquierda”.

Morena y su líder, López Obrador, además de levantar denuncias contra la “mafia del poder” promete que acabar con la opacidad en el uso de los dineros públicos habrá de “purificar” la vida nacional. López Obrador promete empleo, educación y seguridad para todos, sin decirnos a través de qué estrategias y de dónde provendrán los presupuestos. Sin embargo, es visto por los mexicanos, hoy por hoy, de acuerdo con diversos estudios, como el candidato “antisistema” por excelencia a la presidencia en el sentido de que tendría la capacidad y la voluntad para cuidar las arcas públicas, modificar el modelo económico “neoliberal” y acabar con la pobreza y la desigualdad.

Casi cuatro de cada 10 antisistémicos identificados por Mitosfky usan Twitter y Facebook, cursaron la preparatoria o la universidad y tienen entre 18 y 29 años. Estamos ante jóvenes urbanos escolarizados que muestran un alto grado de interacción con las redes sociales, poderosos vectores de información y de construcción de opinión pública hoy en día.

Estos jóvenes (estas son reflexiones mías) tienen, además, rasgos y valores peculiares: odian todo lo que huela a política, rechazan la cultura mainstream, escuchan música indie, prefieren los productos Apple, están preocupados por los derechos de los animales y la conservación del medio ambiente, son consumistas, votan poco y, si lo hacen, es por candidatos que se alejan del establishment político.

Es este sector, el más escéptico y volátil, al que más trabajo les costará a los partidos políticos mover y convencer para ganar los comicios de 2018.
Como señala acertadamente Liébano Sáenz, del Gabinete de Comunicación Estratégica, “La funcionalidad política de los antisistémicos es que canalizan la indignación por medios democráticos y, especialmente, a través del voto. Pero lo mismo podría decirse de Hitler, quien arribó al poder a través del voto popular”. Yo agregaría a Trump, un “antisistémico” que ha llegado al poder por la vía democrática para dinamitar los valores de la democracia liberal.

Todos los candidatos antisistémicos –apunta Liébano– se caracterizan por sobrecargar las expectativas de los electores, prometiendo todo más allá de lo razonable. Pero tarde o temprano se enfrentan al desafiante momento de gobernar y cumplir compromisos, y es ahí donde el voto de indignación de ayer se puede convertir en la frustración del día de mañana.

Contactos: www.marcopaz.mx, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo., Twitter @marcopazpellat, www.facebook.com/MarcoPazMX, www.ForoCuatro.tv y www.ruizhealytimes.com.