McDowell es un pequeño condado de tan solo 18 mil habitantes, ubicado en el estado de Virginia Occidental en los Estados Unidos. Menos del 1% de sus habitantes nacieron en el extranjero.

El 35% de la población de McDowell es pobre, contra un promedio nacional de 16% para el conjunto del país. El ingreso per cápita suma 23,607 dólares anuales (EU, 53,482) y la tasa de desempleo 14% (EU, 5%). La esperanza de vida para los hombres en McDowell era en 2010 de 64 años (contra un promedio nacional de 78). Sólo 5.8% de los habitantes del condado mayores de 25 años cuentan con estudios superiores (el promedio para EU es 29.3%), y el consumo de alcohol, drogas y antidepresivos es altísimo.
¿Qué explica este desastre humano? Se trata de una crisis asociada a la decadencia de la minería del carbón, fuente de prosperidad –de antaño– de ésta y cientos de comunidades más. ¿Qué llevó a la quiebra a ese sector?: las cada vez más fuertes restricciones ambientales impuestas por el gobierno de Barack Obama para el uso de carbón mineral en la producción de electricidad por ser altamente contaminante; el bajo costo del gas; el avance de las fuentes renovables de energía y la feroz competencia del carbón colombiano, mucho más barato. Por si fuera poco, Hillary Clinton declaró en marzo de este año que quería dejar en bancarrota las minas de carbón.
Se han perdido casi 35 mil empleos en la minería de carbón, a lo largo de los últimos años. Por eso los habitantes de McDowell y de Virginia Occidental detestan a los demócratas y van a votar por Donald Trump. Seguramente lo harán también muchos de los habitantes de Youngstown, Ohio, donde el acero barato importado de China provocó el colapso de la industria siderúrgica local.
Esta es la América blanca herida por los cambios estructurales de la economía norteamericana, por los tratados comerciales y por la apertura de EU a la competencia global. Es a esa América a la que Trump busca seducir con la promesa del retorno a los viejos tiempos de prosperidad: “Let’s make America great again” (Hagamos a América nuevamente grande) es el lema del magnate norteamericano. Así como Trump piensa construir muros para contener la inmigración ilegal, también promete ponerle murallas a los tratados comerciales y a las importaciones; sueña con retornar a territorio norteamericano a industrias emblemáticas, como la del automóvil, y sus cientos de miles de empleos. En el fondo, Trump parece no tener la más mínima idea sobre cómo funciona el capitalismo, su lógica implacable.
¿Cómo es posible que un personaje como Trump, un misógino, un racista, un hombre tan poco equipado en materia de visión estratégica, sin dotes de estadista; un tipo contrario a los valores fundamentales de la democracia norteamericana, haya llegado hasta este punto? ¿Cómo es posible que Trump pueda ganar la elección presidencial?
El éxito de Trump –como buen populista– radica en que ha sabido llegar al corazón de los más agraviados; con propuestas irresponsables, sí, pero ha sabido escuchar y poner en la agenda política los problemas e intereses de estos norteamericanos, los más golpeados por un modelo económico profundamente injusto, socialmente polarizante.
Algunas claves para entender el fenómeno Trump están en el libro escrito por George Packer, “El desmoronamiento”, que presenta un panorama desolador de los Estados Unidos de hoy: fábricas cerradas, ciudades semivacías, un tejido social fracturado; el libro es una crónica de tres décadas de desregulación económica, influencia desbordada del dinero en la política, y polarización. De acuerdo con el economista Paul Krugman, “Los salarios reales de la clase trabajadora norteamericana apenas han aumentado desde los años setenta; mientras tanto, los del 1% de la población con mayores ingresos han subido 165%”.
Un estudio de Angus Deaton, ganador del Premio Nobel de economía en 2015, revela que “La mortalidad de los estadounidenses blancos entre 45 y 54 años se ha disparado en las dos últimas décadas. La mayoría de las muertes no se debe a enfermedades cardiovasculares o diabetes, sino al suicidio, la cirrosis, el envenenamiento por alcohol y el consumo de drogas”. Es un caso único en el mundo.
Trump es el vocero de esa Norteamérica, pero sólo busca representarla para ganar el poder, su obsesión. Hillary Clinton ha comprendido que hay una deuda con los excluidos de siempre, los heridos de la globalización, y de ahí su promesa de aumentar los impuestos a los más ricos para incrementar las inversiones sociales en los más desprotegidos.
Ojalá gane y cumpla su palabra. De otra manera veremos nuevos Trump hacia el futuro, cada vez más agresivos, cada vez más radicales. ¿Estarán tomando nota de esto los políticos mexicanos?