Por José Marcos Medina Bustos*
Líder yaqui fusilado en Arizpe el 7 de enero de 1833, junto con Dolores Gutiérrez un líder ópata. Ambos fueron apresados en Soyopa -de manera traicionera- el 6 de diciembre de 1832 por Ignacio Ortega, un jefe de milicias estatales con quien habían entrado en pláticas. Este afirmó que su plan era levantar a los ópatas, tomar Hermosillo y exterminar a la raza blanca.

De lo anterior, lo único verídico es que habían salido de los pueblos yaquis con la intención de allegarse adeptos entre los ópatas, pero no para exterminar a los blancos, sino para apoyar la facción política encabezada por el capitán presidial retirado Juan José Tobar. Este militar se había levantado en armas en varias ocasiones durante 1832, a tono con los pronunciamientos contra el presidente Anastasio Bustamante; si bien obtuvo el apoyo de líderes indígenas, no logró ningún triunfo, al contrario: en varias ocasiones fue apresado, pero nunca se le aplicó una pena de consideración. En cambio, sus aliados indígenas –sin ningún miramiento- fueron fusilados en la primera oportunidad. ¿Por qué el encono contra ellos? La respuesta tiene que ver con la historia de los años previos.

Juan Ignacio Jusacamea era natural del pueblo de Rahum. Al parecer su padre había sido “cabecilla” en los levantamientos de 1825, los cuales tuvieron como origen la destitución que hicieron de su capitán general Nicolás María Álvarez por su servilismo y el nombramiento de Juan Buitimea en su lugar. Con esta acción los yaquis profundizaron en su autonomía, pues rompieron lo que había sido costumbre durante el período colonial: las autoridades nombraban al capitán general, un cargo creado para apoyar las campañas de los españoles.

Después de algunas escaramuzas el gobernador del Estado de Occidente: Simón Elías González, pactó un indulto en noviembre de 1825 y regresó la paz a los pueblos; sin embargo, el comandante general, José Figueroa, aduciendo defender el honor del ejército federal, los invadió y en mayo de 1826 se reiniciaron los enfrentamientos prolongándose alrededor de un año.

En estos acontecimientos surgió el liderazgo militar de Juan Ignacio Jusacamea, quien inicialmente ocupaba un cargo ceremonial denominado Moroyaut, el cual -según el antropólogo Edward H. Spicer- era el responsable de los danzantes pascola.

Jusacamea, ante la invasión, se vio obligado a huir de los pueblos del río con varios miles de personas, entre guerreros, mujeres y niños. En esta diáspora los yaquis utilizaron el ganado y cultivos que encontraron para alimentarse, ocasionando la queja de los rancheros y hacendados, quienes exigían se les castigara por “ladrones”.

Fue tal la capacidad de este líder y el sacrificio de su pueblo que el comandante general no pudo derrotarlo y se vio obligado a ofrecer el indulto, el cual fue aceptado en abril de 1827. En ese mismo momento Jusacamea fue nombrado teniente general del río Yaqui, con lo cual se reconoció oficialmente su liderazgo. Sin embargo, hubo sectores de las elites que no perdonaron su osadía de haber resistido y exigieron que fuera castigado. En los años posteriores tuvo que lidiar con la intrusión del gobierno del Estado en los pueblos, el cual manipuló las elecciones para favorecer a sus partidarios y destituir a Jusacamea. En esa lucha política entabló relaciones con la facción política simpatizante de las logias masónicas del rito de York, la cual se opuso a la división del Estado de Occidente y en 1832 apoyó al mencionado Tobar. Al colaborar con esta facción Jusacamea esperaba contener la amenaza del gobierno estatal. Sin embargo, como ya se comentó, al ser apresado fue inmediatamente fusilado.

Estimado lector, escribo esta breve semblanza en homenaje a un hombre que sin ser de las elites blancas y adineradas ha entrado con pleno derecho en la historia de Sonora, al ser un líder que supo defender a su pueblo, el cual todavía en la actualidad sigue luchando por su territorio y autonomía.

*Profesor investigador de El Colegio de Sonora