Virginia de la Cruz… y de México

"Virginia de la Cruz… y de México", escribe Salvador García Soto en #SerpientesyEscaleras

“He ido a buscar a los diputados, dizque al gobernador ¿verdad? Nunca me ha atendido. Resulta que el 2 de noviembre desaparece mi hijo, traigo desaparecido también a mi yerno, va a hacer tres años ahora para en septiembre. Nunca me han querido escuchar: yo lo que quiero es que revisen a sus trabajadores, en dónde andan, en dónde están, ¿por qué? Porque la pinche Semefo apenas me acaba, óigalo bien y eso porque yo fui a buscar a mi criatura (con voz llorosa y temblorosa), duró ocho meses ahí en la Semefo. Iba yo y preguntaba y preguntaba por mi niño. Y nunca me daban razón de mi hijo, cuando m’ijo llegó el mismo mes que desapareció. He ido a buscar al pinche gobernador ratero y nunca me daban la cara. Acabo de sepultar a mi niño de 21 años. ¿A qué se dedican? ¿A nomás estar agarrando dinero y embozándoselo? Este perro méndigo no hace nada por nosotros. Estoy enferma, fui a pedirle un medicamento, porque estoy tomando medicamento controlado, eh, me lo aumentan, por la pérdida de mi niño. Tenían ADN, tenían teléfono, tenían dirección y nunca me llamaron. Pero yo no dejaba de insistir por mi criatura. Acabo de sepultar a mi madre la semana antepasada y a mi hijo el sábado. ¿Saben qué hacen las pinches trabajadoras, saben qué hacen? Ese día yo le dije a mi hija: llévame a la Semefo a ver si hay razón de mi niño. Una de las malditas trabajadoras estaba aplastada, arriba de uno de los jefes de ahí. ¿Ese es su trabajo? Mi niño ahí tiene desde el día 30 de noviembre, yo lo reporté y todo, para que me localizaran, ¿por qué no hacen nada? Porque agarran dinero mal habido… ¿De qué se trata?, nos prometen cuando andan en sus pinches campañas y no son capaces de perdida de pasar a ver si tenemos agua para tomar. ¡Quiero justicia! ¡Porque luego, luego estuvo ahí mi hijo, en la Semefo, ahí estuvo mi niño, me lo mataron! Mi hijo no se drogaba, mi hijo trabajaba decentemente. ¿Por qué se portan así? A cuántas madres buscadoras nos traen por ahí, arriesgando también su vida. Porque ustedes no hacen nada, no se preocupan por uno. No les deseo lo que yo estoy sintiendo ahorita por mi hijo. Apenas tenía 21 años mi criatura, él estaba trabajando decentemente. ¿Por qué no hacen su trabajo?

Yo recogiendo botes, plástico, fui 25 años Preventiva, yo salía con mi uniforme orgullosa, la gente me respetaba, por eso sé cómo se trabaja eso. Ahorita ya es pura corrupción y mientras les den dinero están felices, cuando habemos familias destrozadas. Porque ustedes mismos hacen que nuestras familias nos las quiten, porque reciben dinero malhabido. Nunca me han querido dar la cara. Dios los perdone, que nunca vayan a sentir este dolor que yo traigo. Empezó el novenario, no tengo ni siquiera para ofrecerles un café a las personas que me han apoyado. No se vale lo que están haciendo. No se vale (llanto desgarrador)”.

Hoy este columnista no tiene nada más qué escribir. Nada más qué decir sobre tanto dolor, tanta muerte y tanta desesperación e impotencia de las víctimas en este país. Virginia de la Cruz lo dijo todo el jueves pasado en la sede del Congreso local de Zacatecas. No sé cuántos diputados la escucharon, no sé siquiera si la escucharon o se pusieron a responder mensajes en sus teléfonos. Ignoro si el Gobernador zacatecano se dio por aludido y si se tomó el tiempo para ver el video donde Virginia, madre de un hijo desaparecido de 21 años, le hace tantos y tan fuertes señalamientos y le pregunta, ahogada en llanto, por qué la han abandonado a ella y a todos los zacatecanos.

Incluso si el gobernador David Monreal, que hasta ahora no ha dicho esta boca es mía, tuvo el valor de ver completo ese video, no sé si pudo evitar el llanto y el agujero en el pecho que a millones de mexicanos ayer les provocaba ver u oír los dolorosos reclamos y acusaciones de esta madre zacatecana que, a voz de cuello, con un llanto que le salía del corazón y de las entrañas, denunciaba no sólo la desaparición y muerte de su hijo de 21 años que -repetía ella destrozada- “trabajaba decentemente”, sino algo aún más doloroso e inexplicable para ella y vergonzoso para este país adolorido y destrozado por la violencia criminal: que su hijo desaparecido, “su niño, su criatura”, como lo llamaba con un inmenso amor, había llegado al Servicio Médico Forense de Zacatecas (“la Semefo” decía Virgina), un mes después de desaparecer y que a ella, durante ocho meses que se la pasó buscándolo y yendo a preguntar a las oficinas forenses si no lo habían identificado, siempre le dijeron que no, que su hijo no estaba entre los cuerpos ahí resguardados.

El grito desgarrador y desesperado de Virginia de la Cruz es el grito de casi todo México. Es el llanto impotente de muchos mexicanos, madres, padres, hijos, tíos, hermanos, amigos, que están sufriendo la violencia del narcotráfico y de los criminales crueles y sanguinarios, esos mismos a los que el Presidente llama “seres humanos, que también tienen derechos”, que roban, extorsionan, matan, desaparecen y desmiembran cuerpos, igual de ciudadanos que de rivales, mientras la política de seguridad federal los “abraza” y los evade, dejándolos actuar con total impunidad, mientras al gobernante le preocupan más sus caprichos, venganzas y ocurrencias de fin de sexenio.

La tragedia de Virginia, su dolor y sus pérdidas que la hicieron ir a gritar, a acusar, a mentar madres a la casa de los diputados de Zacatecas, es también la tragedia de millones de mexicanos que se enfrentan solos y sin nadie que les dé la cara ni los escuche, mucho menos que los ayude, a la crueldad de los criminales. Las lágrimas de la señora De la Cruz, que tiene desaparecido a su yerno, luego desaparece su hijo y durante ocho meses las autoridades le esconden el cuerpo y le niegan información, muy seguramente por la costumbre oficial de maquillar las cifras de desaparecidos y de homicidios y que para colmo pierde y entierra a su señora madre, son las mismas lágrimas que corren por la mayor parte del territorio nacional donde abundan las víctimas civiles inocentes, en medio de la guerra de cárteles de la droga que se disputan, con el conocimiento y complacencia del Presidente y de las autoridades de todos los niveles, el territorio del país, sus municipios, sus ciudades, sus estados y sus fronteras.

Esa será al final, entre otras varias, una de las peores herencias que dejará Andrés Manuel López Obrador y su “transformación” de México: una República donde el dolor campea, los hijos desaparecen y las madres que los buscan con el alma desecha, el corazón a rastras y la esperanza firme. Y cuando a esas madres, que son acosadas, amedrentadas o de plano asesinadas por los narcos y encima de eso son desairadas, ignoradas y hasta descalificadas y acusadas de conspiradoras por los gobernantes, se les acaba el llanto y la paciencia, lo que queda es gritar, maldecir y llorar desde lo más hondo, mientras que le ocultó el cuerpo de su niño por ocho largos y dolorosos meses… Los dados se guardan por tres semanas y volverán a girar el lunes 5 de agosto. Mientras tanto, aunque quisieran dejar Escaleras Dobles a todos los amables lectores, en el México de Virginia de la Cruz y de todos nosotros abundan las Serpientes.