El cambio social como concepto ha sido retomado y abordado desde el nacimiento mismo de la ciencia social encargada de estudiar a la sociedad: la sociología. Tal concepto se ha utilizado para describir y explicar el dinamismo que adquiere la realidad social a través del tiempo. El cambio social se refiere a que todo en nuestra sociedad se va transformando paulatina o rápidamente, profunda o levemente, cuya duración puede ser prolongada o corta. El cambio es pues un elemento intrínseco de cualquier sociedad humana.

El puerto de Guaymas es un claro ejemplo de cómo el cambio social se ha vuelto cada vez más observable en materia de violencia criminal organizada en el último año. Ya que hemos sido testigos de violentas prácticas criminales que pueden ser tajantemente diferenciadas entre un momento anterior y el actual. Para ilustrar traigo a colación algunos eventos que sustentan y visibilizan los cambios referidos.

En abril de este año los cadáveres de dos personas que presentaban huellas de tortura e impactos de bala fueron abandonados junto con un mensaje dentro de un vehículo afuera de las instalaciones de la Comandancia de Policía de dicha ciudad. Un hecho inaudito para la realidad de esa localidad.

Después se presentaría una serie de ejecuciones en diversos puntos de la ciudad. Comandos armados, civiles portando fusiles de grueso calibre, comúnmente conocidos como sicarios, de igual forma narco-mensajes y narco-mantas se han hecho presentes. Tales sucesos criminales que deben ser sumados a la ola de homicidios ocurridos en los últimos años que se relacionan con actividades de narcotráfico en la entidad, lo cual viene a agravar la situación en términos cuantitativos: una mayor cantidad de crímenes cometidos en el rubro.

Otro hecho relevante en la materia fue el atraco al vehículo de valores que realizaba una parada de rutina en el banco Santander ubicado sobre la Calzada García López, un lugar de alta vialidad, donde falleció una mujer de 33 años de edad y resultaron heridas cinco personas más a causa de las balas percutidas durante el fuego cruzado de la balacera protagonizada por los elementos de seguridad y los delincuentes que portaban armas de grueso calibre, según los enterados, que ni las fuerzas del orden cuentan dentro de su arsenal. Por vez primera se presentaba un hecho de tales dimensiones por el aplomo y decisión de sus ejecutores. Ante la efervescencia de los acontecimientos y el malestar causado, las autoridades locales optaron por cancelar los festejos y celebraciones del Día de la Independencia.

Sin duda, la violencia escaló un peldaño más (en términos cualitativos) cuando la mañana del jueves 29 de septiembre fue encontrado en el centro de la ciudad el cuerpo desmembrado de un hombre de cuarenta años y cuyos restos yacían en el interior de un bote para basura con un narco-mensaje dirigido a las autoridades pegado con cinta en el exterior del contenedor. La violencia extrema nos había alcanzado en uno de sus niveles más gráficos. Y el horror cimbró a la población. Como “mensaje” se llama en criminología (y en mercadotecnia tratándose de publicidad y de productos), a la intención buscada por los delincuentes en la forma de perpetración y de presentación pública del hecho antisocial.

Esos acontecimientos corresponden a hechos sin precedentes para la comunidad porteña, los cuales quedaran grabados en la memoria colectiva hasta que acontezca algo que pueda categorizarse como peor y la capacidad de asombro se diluya.

Al principio, la sangre corre, atemoriza y causa un gran impacto. Se instaura en la cotidianidad y se normaliza. Se aprende a vivir con ello bajo la premisa “mientras se maten entre ellos…”. Al final nos mantenemos perplejos mientras llega la indiferencia. Así como ha sucedido en tantas entidades a lo largo y ancho de la república mexicana.

En este sentido, la violencia extrema echa raíces y se instaura en la vida de las comunidades que aprenden a vivir con el miedo. Como lo señala el escritor y periodista Sergio González Rodríguez en su libro “El hombre sin cabeza”, la decapitación es una primitiva forma de violencia cuyo objetivo sin duda es infundir el miedo y el terror en el público, y para la sociedad actual es una forma de degradación social, es un acto que busca despojar a la víctima de su categoría humana y presentarlo como un mero objeto carente de valor o respeto.

Antonio de Jesús Barragán Bórquez. Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de Sonora.